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Dar el paso para venir a una sesión de feminización no siempre es fácil, uno se hace muchas preguntas y nunca se está muy tranquila, hasta que se decide dar el paso…
Aquí está la experiencia de Sabine, que recoge lo esencial de las emociones que escucho muy a menudo después de mis sesiones, ¡así que esto debería tranquilizarte!

Antes de responder, muy gustosamente, al cuestionario que seguirá, debo reconocer que viví un momento único, que quedará inolvidable.
De hecho, por primera vez en mi vida, me mostré vestida completamente de mujer y, además, delante de alguien que no conocía unas horas antes.
Lo más increíble es que lo hice de la forma más natural del mundo. Sin embargo, siendo de naturaleza muy tímida y extremadamente pudorosa, desde el momento en que decidí pedir cita con Jennifer hasta el instante en que llegué a su casa, no tuve ni el principio del comienzo de una verdadera aprensión (no es que no la haya esperado), ¡al contrario, tenía muchas ganas!
Cuando Jennifer me recibe, bastante rápido, entramos en materia, no hay tiempo para decir «uf», le presento mis conjuntos… y rápidamente me encuentro con medias, calcetas altas, tacones y vestido en un abrir y cerrar de ojos.
No me lo creo ni yo misma. Incluso me dirijo simplemente frente a su gran espejo antes de que ella regrese, me siento increíblemente bien y cómoda, el ruido de mis tacones sobre el suelo de baldosas me llena de una especie de alegría y hasta de orgullo!!
Tengo muchas ganas de empezar la clase de maquillaje.
Hasta ese momento, jamás, absolutamente jamás, habría podido imaginar tener ganas de aprender a maquillarme.
Ahí, el mareo empieza a instalarse… ¿estaré a la altura? ¿lo lograré?
Sin embargo, enseño en un campo muy especializado y técnico donde pones en juego tu vida en cada sesión, ¡qué cosas!
Jennifer es muy pedagoga, para ella es claro, simple.
Jennifer me muestra gestos simples, practicados por millones de chicas todos los días, incansablemente (¡respeto!).
Sentada delante del espejo, ya he olvidado la mitad de los elementos: «¿qué era esto otra vez?», «eh, ¿qué brocha es y para qué?», o aún «¡espera, me voy a clavar un ojo si aprieto con el delineador así!», «¿y se da golpecitos así o asá?». Trato de concentrarme pero una parte de mí lleva rato en la emoción, flotando entre el bienestar y la autoindagación: «¿EN SERIO? ¿de dónde te vino de repente esta ganas de maquillar y, te gusta?», y todo eso sin olvidar guiar mi mano que intenta situar el borde de mis labios para aplicar una línea sin parecer “el Joker” de Batman.

Se da otro paso con la prueba de los «cabellos». (odio la otra palabra…) Jennifer está llena de recursos también allí. Me miro cada vez más a menudo en el espejo, aparece una mujer de vez en cuando, creo atraparla y desaparece igual de rápido. Ya no dejaré de buscarla, especialmente con la sesión de fotos que se acerca.
Para la sesión fotográfica tengo muchas ganas de soltarme, pero ahí, me «atasco», la mente lucha contra un cuerpo que se niega a responder, por dentro muero de ganas de «expresarme» pero el cuerpo se niega o acepta con mucha dificultad posar como quiero. Es cierto, es la primera vez. Una vez más, como la profesional que es, Jennifer me anima, de hecho si no me pidió sonreír 42 veces (además ella sonríe todo el tiempo, su sonrisa es increíble).
De vez en cuando me muestra las fotos tomadas… Entonces le suelto un famoso «¡Ah sí, me gusta, hay algo allí!» le digo.
En otras fotos, me veo directamente gorda, con doble mentón («bueno, menos mal que estás a dieta» me digo, etc. etc… me vuelvo crítica cuando me veo y sin embargo me siento súper bien). Jennifer, muy respetuosa, borra entonces esas fotos.
Repasamos los elementos del maquillaje y no puedo resistirme a un neceser de maquillaje con todo lo que va bien con él! «No, pero en serio, no sé de dónde me viene esto y sin embargo me sigue pareciendo tan natural.
Ahora es momento de volver «a la realidad», y sin embargo moriría por quedarme «así», que para mí parece también ser «yo», pero el «desmaquillado» no tiene ese nombre por casualidad. Al maquillarme y volver a ponerme ropa de hombre, tuve como una vaga sensación breve de travestirme. Ahora tenemos que despedirnos. Mientras que durante la sesión encontraba magnífica la lluvia y el ruido que producía al caer a cántaros sobre el techo y las ventanas Velux de Jennifer, esa misma lluvia se ha convertido en símbolo de grisura y frío en el momento en que nos despedimos frente a nuestros coches.
Gracias Jennifer.
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